¡Maldita mentira!

Aun entre  risas, la mentira  siempre es mala compañera cuando tapa la verdad representando  el papel de noble villano en contra de lo que le dicta la conciencia.

Para las personas buenas, no hay una parte de ellas que no les tiemble cuando la escuchan. El corazón late distinto, la piel palidece. Hasta cuesta mantener la mirada en los demás. Simplemente agachan la cabeza pues si los ojos son el espejo del alma, olvidamos que también  reflejan el rostro inocente del que se asoma a ellos. El engaño para los nobles se hace insufrible. Sin embargo  para el ladrón de sueño, es muy fácil. Solo tienen que abrir la boca. Eso sí: una boca muy grande, pero minúscula de humanidad y vacía de sinceridad.

Les resulta tan sencillo hacerlo, como intranscendental traicionar a la persona a la que le mienten. ¡Que poco importa el daño que eso le cause a otro ser humano! ¿Qué más da? ¿Qué importancia tiene otra mentira para estos obreros del enredo? Que poco a poco van añadiendo pequeños ladrillos  a una tapia  que empieza siendo muy débil. Al cimentar están convencidos que lo hacen por un bien, Nadie sabe por qué motivo empezaron a construirla. Intentando convencer a los demás que  lo hacen  por una causa digna. Aferrándose a que la verdad duele para justificar sus actos.  Buscando nobleza en la vileza y bondad en la maldad. Pero terminan erigiendo  un muro tan alto, grueso e  infranqueable que por mucho que se  quiera, por más fuerte que se golpee esa pared, nadie logra derribarla por completo ni volver a unir a las personas que  separará  los dos  lados de esa muralla.

Las mentiras  pueden acabar, pero la confianza siempre quedará dañada. Quebrada, como el joven tronco de un roble, que alguien  por  mero placer desgarra. Que podría haber sido un árbol fuerte y eterno, pero que en vez de eso, es condenado a no dar sombra. A no ser refugio del cansado caminante que en él se apoye buscando cobijo para revelarle sus secretos, vivencias y anhelos. Nadie en él busque refugio será bien recibo pues solo sentirá miedo a que le vuelvan a dañar su ya mullida belleza robada.

La falsedad rompe  la ilusión, destruyendo el amor y  el compromiso que tenemos para con nosotros mismos de ser fieles a nuestras creencias.  Porque al mentir, dejamos de respetarnos, convirtiéndonos en víctimas de nuestras  propias mentiras, alzando un mundo imaginario en el   que para poder seguir viviendo en él, debemos seguir alimentándolo de quimeras y cantos de sirenas. Hasta que te das cuenta que no eres más que “pura mentira”. Un alma vacía de boca grande y sentimientos infecundos. Incapaz de hacer brotar otra  cosa que no sean lágrimas de sal  que lánguidas caen sobre la tierra muerta donde en un tiempo pasado, que  ya ni eres  capaz de  recordar, intentaste plantar algo bello y  lo mataste con  hipocresía. Pues nada es más verdadero, que lo siempre repetirá  un mentiroso: “Confía en mí”

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