Cap 3.Páginas 1-3.

Si no queréis esperar y os apetece tenerlo ya, os dejo el enlace de ebook  y versión papel de amazón. Recordad que los tres primeros capítulos están disponible en un post anterior.

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LIBRO A 12,99.

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Capítulo 3

—¿Sí, diga? —Respondió al conserje que guardaba con absoluta dedicación la comunidad de propietarios.El portero electrónico de Marga empezó a sonar. Eran las once de la mañana y ella se disponía a preparar un pequeño bolso de viaje donde a duras penas cabía un neceser de higiene personal y su maquillaje.

—Señora Marga, un joven pregunta por usted. No me parece que tenga buen aspecto, dice que se llama Jorge, ¿debo dejarle pasar?

—Sí, por favor, Alberto, indíquele cómo llegar a mi casa.

Se encontraba en la recepción mirando a ese hombre mayor, de aspecto rancio y estirado que vestía con un traje de chaqueta negro pasado de moda, mientras este le observaba con desconfianza.

—Pase usted señor, cruce el jardín hasta llegar al recibidor del bloque tres, y coja el ascensor hasta el ático.

—¿Cuál es el número de su vivienda? —Preguntó Jorge.

—Caballero, solo existe un ático. El de la señora Marga ―respondió malhumorado mientras se entretenía en organizar el correo de los inquilinos.

—Muchas gracias, ha sido usted muy amable.

—Gracias a usted, señor —contestó con ironía, agachando la cabeza en un claro gesto de querer dar por terminada la conversación. Atravesó el recibidor del lujoso edificio mientras la mirada del viejo conserje seguía clavada en él. El ordenanza pensó que alguien así no era digno de estar allí, donde se concentraba lo mejor de la sociedad de la Costa del Sol, y recordó otros tiempos de glamour en los que ningún vecino se atrevería a invitar a nadie con semejante presencia. Resignado y protestando cabizbajo negó con la cabeza, y continuó con las labores que lo ocupaban.

Jorge miraba el fantástico suelo de pizarra gris y la preciosa fuente rectangular de mármol blanco en el centro del habitáculo de la que brotaban cinco caños de agua que subían hasta una considerable altura, componiendo un bonito baile sincronizado, a la vez que el fondo del estanque cambiaba caprichosamente de color.

El estilo de esa estancia era soberbio, minimalista. Nada se comprendía sin el siguiente elemento y daba una clara idea de que aquel lugar no estaba al alcance de cualquiera.

Levantó su vista hacia el techo y contempló una maravillosa bóveda de cristal sostenida por una estructura de color dorado. De ella colgada una lámpara de araña donde al reflejarse los rayos del sol que entraban por la cúpula, emitía reflejos de un azul claro cautivador.

Al fondo se erguía una gran puerta de bronce con cristales opacos que impedían ver lo que ocultaba tras de ella. Se apoyó en el tirador con intención de abrir las dos hojas que la formaban, pero por un momento tuvo miedo de continuar. Sabía que si lo hacía, vendería su alma al diablo y que esa puerta, representaba su entrada al mismo infierno.

Dudó. Retrocedió con la intención de marcharse de allí, pero su destino ya estaba decidido y, respirando profundamente, decidió traspasarlas.

Un enorme jardín de plantas tropicales se abría ante sí. El buen gusto de aquel lugar le dejaba fascinado. En un lateral se ubicaba un lujoso restaurante, un gimnasio, un salón social y una sala de belleza.

En el otro lado había dos arcos, donde unos carteles escritos en varios idiomas indicaban que por ellos se accedía a las piscinas exteriores y climatizadas y a las pistas deportivas. La suntuosidad del lugar no tenía límites.

Los vecinos que estaban sentados en la terraza del restaurante miraban con desconfianza al desaliñado intruso, sin llegar a comprender qué hacía entre ellos. Jorge solo pensaba en atravesar rápido ese lugar y llegar pronto a su destino.

Por fin consiguió su objetivo entrando en la zona de viviendas que, por extraño que pareciera, no tenía puerta de acceso. Quizás porque se aseguraron bien de que la seguridad de la urbanización era infranqueable, pues parecía un búnker inaccesible para los que no habitasen en él.

Llamó al ascensor. La puerta se abrió y pulsó sobre el tablero el único botón que ponía «ático». Mientras subía escuchaba una música relajante a la vez que miraba las imágenes de paisajes que iban cambiando en la pantalla digital en la que se convirtió el espejo del elevador.

«¡Cómo viven estos cabrones!», pensó.

El ascensor se detuvo y llamó al timbre de la única vivienda que comprendía la planta.

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