Prólogo cap 1 y 2

 

 

 

Los Besos Comprados

 

 

Por Rafael Velázquez Cabello

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dedicado a  todas las personas que no se resignan a fracasar y deciden luchar día a día para no caer en la desidia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Un hombre no debería pensar en cambiar el mundo si no es capaz de cambiarse a sí mismo».

Sócrates

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

 

Salgo de la biblioteca pública Entreculturas de Mijas-Costa, lugar donde en los últimos meses he pasado mucho tiempo escribiendo este libro. Enciendo un cigarro, quizás un vicio insano que tengo que abandonar cuanto antes, pero que ahora sinceramente no me apetece hacerlo. Miro al frente y como cada mañana, veo la cola de personas que se empieza a formar delante de la oficina de Cruz Roja.

Observo las caras de los nuevos. Tras este tiempo los distingo de los más veteranos. En sus rostros se refleja la vergüenza por ser descubiertos por algún conocido. Los más antiguos, los saludan y se esmeran por intentar integrarlos y que no se sientan culpables por algo de lo que no son responsables.

Un hombre cruza la calle y me pide fuego. Mientras enciende su cigarro, no puedo dejar de pensar en  las circunstancias que le han llevado a esta situación, y cómo se debe de sentir una persona que lo ha perdido todo sin que nadie pueda darle una explicación sencilla y que pueda entender. Crisis, resección, y prima de riesgo, son conceptos que no justifican el sufrimiento de estas personas condenadas injustamente a soportar las consecuencias de las malas decisiones de políticos y banqueros.

Me da las gracias y se vuelve a poner en la cola. No hay pena en su cara, que solo refleja esperanza y agradecimiento, pues hoy su familia podrá tener un plato de comida en su mesa.

Estos son los tiempos que nos han tocado vivir. Mientras nuestros líderes se escudan tras estadísticas e índices financieros que el pueblo llano ni comprende ni les importa, observamos  como hace tiempo que ellos viven de espaldas a España sin padecer necesidades, en sus lujosos coches oficiales y con sus desahogadas nóminas que pagamos entre todos, sin que ninguna tijera se atreva a recortar su elevado nivel de vida.

Me pregunto en qué momento olvidaron que están para servirnos, luchando por el interés público, no para lucrarse de nosotros. En qué instante la política pasó a convertirse en un oficio que algunos  pretenden que se herede de padres a hijos, y sobre todo, cuánto tiempo tardaremos en dejar de consentir todo esto.

No quiero hacer una apología contra ningún gobierno, ideología o estamento público, pues me considero una persona apolítica.

Hace años, cuando ingresé en la policía, de lo cual me siento orgulloso y privilegiado, hice un juramento de guardar y hacer guardar la Constitución y el resto del ordenamiento jurídico. Pero el tiempo me enseñó que estos ideales son como un traje que todos tenemos que usar, y que  mientras a unos pocos les queda perfecto, a otros les queda corto y en ocasiones incluso les asfixia al abrocharse el botón del cuello de la camisa.

Mi trabajo ha permitido que me haya cruzado con mucha gente, muchas vidas, muchas historias… Son las personas menos privilegiadas las que motivan este libro, las  que no tuvieron la suerte de tener una vida cómoda, aquellas que luchan por salir adelante como pueden a diario, sufriendo las consecuencias de una crisis de la que no son culpables y que parece que se les achaca por necesitar una prestación social, por demandar hospitales, educación, o exigir algo que por derecho simplemente nos debería pertenecer: un trabajo digno que nos permita realizarnos como personas y con el cual sentirnos útiles.

De estas reflexiones nace Los besos comprados, de la desesperación de un hombre que se ve forzado a tomar una decisión para poder subsistir que no es muy diferente, en concepto, a las que a diario muchas personas adoptan para lo  único que se nos permite: sobrevivir a duras penas.

El vehículo que uso para canalizar esta obra, es la prostitución masculina. Un tema poco tratado, pues olvidamos a los miles y miles de hombres que la ejercen, y que no son tan afortunados como Jorge, nuestro protagonista. No se puede cuantificar la cantidad de varones que se dedican a ella, pero según un estudio de Iván Zaro, experto en prostitución masculina y coordinador del centro de atención a la prostitución masculina y transexual del Ayuntamiento de Madrid, se pueden encontrar novecientas ofertas de trabajo de este tipo solo en Internet, y cada quince minutos se anuncia un nuevo chico en la páginas de anuncios clasificados de sexo masculino en http://www.milanuncios.com.  También afirma que desde que empezó la crisis la oferta se ha multiplicado por tres.

Quizás la diferencia principal entre la prostitución femenina y la masculina, es la casi inexistente violencia para obligarlos a ejercer esta actividad, y la de no conocerse redes de trata de personas que se dediquen a negociar con ellos, aunque empiezan a encontrarse  casos concretos, como ocurre con las trabajadoras sexuales femeninas.

Sin embargo, las cifras  de VIH en hombres que ejercen este oficio son demoledoras, un 18% frente al 0’8 % de las mujeres.

El caso de Jorge es diferente. A él no le motiva el dinero. Empieza  a prostituirse por desamor, buscando un nuevo horizonte que le haga olvidar. Pero pronto aprenderá a sacar partido de ello, luchando a su manera contra los que nos olvidan, acercándose a esos niveles sociales que se encuentran vetados para muchos, y desde ahí empieza su batalla.

Ese es el mensaje de Los besos comprados, que todos desde nuestra posición podemos hacer que las cosas cambien. Tal vez no sea hoy ni mañana, pero la lucha pacífica dentro de nuestras posibilidades considero que es la  única manera de que la mentalidad social cambie. Un «¡basta ya, señores! ¡Si ustedes que nos dirigen no nos ayudan, lo haremos nosotros mismos, pero no les permitiremos que se proclamen salvadores de un país que han hundido y que solo nuestro sacrificio, algún día, levantará!»

Quiero hacer  hincapié en que este libro no solo trata de sexo, que por supuesto  encontrarás, sutil en muchos casos, pero obsceno y pervertido, e incluso pretendiendo que se vea como algo enfermizo, sucio y depravado en otras ocasiones, pues también forma parte de la mentalidad humana y así debo reflejarlo.

Jorge os abrirá su corazón, os mostrará sus inquietudes, incertidumbres, miedos y deseos. Veréis que no son diferentes a los de cualquiera de nosotros. ¿Quién no ha pensado en tirar la toalla alguna vez? Y… ¿Quién no se ha levantado y ha seguido luchando…?

Espero que disfrutéis leyendo esta novela como yo lo he hecho al escribirla. Han sido meses pensando, reflexionando… buscando esa palabra justa con la que la historia adquiera sentido y sobre todo para que su final, como veréis, vuelva al inicio pero en esta ocasión, empezando lleno de  esperanza e ilusión. Porque estoy convencido de que en ocasiones no  podemos elegir nuestros zapatos, pero siempre podemos guiar nuestros pasos….

                                                     

                                               Rafael Velázquez Cabello.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-1-

 

 

La ciudad empezaba a despertar mientras él apenas acababa de acostarse. Poco a poco se hacía más intenso el paso de los coches por las calles,  maldiciendo no vivir en el campo apartado de ese mundanal ruido que retumbaba en sus oídos.

Atrás quedaba la noche, y el sol le hizo recordar que era igual a la hora en la que se acostara, pues siempre iría a visitarlo como ese molesto conocido que se presenta de visita cuando más tranquilo está uno en casa.

Aceptando su derrota, cansado de dar vueltas sobre su cama deshecha de varias noches, o mejor dicho de varias mañanas sin hacerla, se levantó, maldiciendo al astro rey por salir cada día y no tener otra cosa mejor que colarse por su ventana para molestarlo en  su intento de conciliar el sueño.

Llevaba puestos solo unos boxes. Era joven, pero su rostro mostraba un cansancio impropio de sus cercanos treinta años. Su cuerpo, sin embargo, era atlético y simplemente se resistía a estropearse como su cara.

Intentó abrir los ojos mirando su desordenada habitación. Aún  en penumbra escuchaba la charla matinal de sus vecinos desayunando en la terraza, como hacían todas las mañanas desde que se mudaron allí. Eso le  encolerizaba, pues pensaba que era imposible que una pareja pudiera ser tan feliz haciendo una y otra vez las  mismas cosas, la misma rutina… como si fueran un reloj cuyas manecillas siempre giran con la misma pauta, día tras día, año tras año… convirtiendo su hábito en una extraña alianza junto al sol y el tráfico que se confabulaban para no dejarlo descansar.

Su cuerpo empezó a responder a las órdenes que emitía su cerebro. Frotándose los ojos se dirigió  al cuarto de baño próximo a su habitación, contemplándose ante el espejo, intentando reconocer al hombre que se reflejaba en el cristal.

El aseo era pequeño, y desde que ella se marchó de casa, aún no había quitado las pocas cosas que dejó. Quizás albergaba la idea de que algún día, en algún momento, regresaría o tal vez que aferrándose a ellas, de alguna manera, su amada aún seguiría allí con él.

Se metió en la ducha y abrió el grifo del agua caliente al máximo. Lentamente, el vapor inundó el baño empañando los azulejos y el espejo, elevándose hacia el techo, convirtiéndolo todo en una sauna improvisada.

El agua quemaba pero a él parecía no molestarle. Estaba tan absorto en sí  mismo, que no sentía el mínimo dolor. Enrojecido salió de la ducha, empapando la toalla que colocó en el suelo a modo de alfombra, encharcándolo todo, sin que su ingenioso invento hubiera cumplido la tarea encomendada.

—¡Tengo que comprar una alfombra para el baño! —se dijo, marcándose así  la prioridad para el día.

Se secó rápidamente el pelo, una melena morena que le caía sobre los hombros, tras lo cual continuó con el resto de su cuerpo. Se anudó la toalla a la cintura y salió del baño.

Tenía barba de algunos días. Su aspecto era el de un hombre dejado y desaliñado, pero tenía unos preciosos y grandes ojos verdes que deslumbraban y sus facciones se presentaban bien marcadas y definidas. Aún en su  patético estado era un hombre tremendamente atractivo.

Como cada mañana puso la cafetera al fuego, saliendo a su balcón. En la terraza contigua, sus vecinos se afanaban en dar cuenta de un desayuno de verdad con tostadas, zumo de naranja  y café recién hecho.

Cuando le vieron lo saludaron, dándole amablemente los buenos días que él les devolvió educadamente pero con una sonrisa forzada, maldiciendo que hoy tampoco lloviera a mares para haberlos  recluidos dentro de la cocina unas horas y así conseguir dormir por lo menos hasta las ocho.

El olor a café inundó su apartamento. Era el momento de conectar con la realidad. Una taza de café solo comprendía su espléndido desayuno que una vez acabó, metió en el fregadero disponiéndose a vestirse. No tuvo que elegir mucho: unos pantalones vaqueros anchos, botas y una camiseta. Y es que  desde que Alba le abandonó, su estilismo dejaba mucho que desear.

Salió de su  domicilio rumbo a la calle. No albergaba esperanza alguna  de que este día fuera diferente de los anteriores, y tampoco le importaba demasiado, puesto que  su vida se había convertido en una especie de peonza que giraba sin sentido, hasta que agotadas sus fuerzas, terminaba inerte en el suelo, y así una y otra vez, sabiendo que el final iba a ser exactamente igual que el anterior.

Sentía que, por mucho empeño que pusiera en llegar a alguna parte, solo daba vueltas sobre sí mismo, hasta caer de nuevo abatido.  Lo que Jorge no imaginaba, es que ese día cambiaría para siempre su existencia.

Llevaba un año en el paro, desde que fue despedido de la empresa de viajes donde trabajaba, la cual, tras declararse en suspensión de pagos, dejó a doce trabajadores sin derecho a desempleo.

Se había licenciado en Derecho. En la facultad era muy popular entre las chicas, puesto que era difícil pasar  desapercibido con su metro noventa de altura, sus penetrantes ojos y un cuerpo moldeado para el pecado. Pero nunca fue capaz de percibir las indiscretas intenciones de sus compañeras. Quizás, porque estaba demasiado concentrado en terminar sus estudios, o tal vez porque era demasiado inocente para poder percatarse de ellas. Eso hizo que muchas compañeras llegaran a  pensar que  era homosexual, pues no concebían que no hubiese estado con ninguna de ellas, incluso se apostaron quién se convertiría en la primera en acostarse con él, rescatándolo de su mala elección por los hombres. Pero  a pesar de estar en una edad en la que la testosterona y las feromonas son capaces de mandar sobre el cerebro, ninguna consiguió ganar la apuesta.

Al terminar sus estudios, intentó sin éxito encontrar trabajo como abogado, planteándose incluso salir a trabajar fuera de España. Pero el deseo de no apartarse de su pareja, le hizo aceptar un empleo mediocre en la agencia de viajes, donde a pesar de no encontrar ninguna motivación enviando a pensionistas de vacaciones a Benidorm, al menos pudo permanecer junto a ella y pagar la hipoteca.

Todo comenzó a ir mal cuando le despidieron. La angustia de buscar trabajo y no encontrarlo le iba frustrando, empezando a hacer mella en su confianza y humor, convirtiéndolo en una persona apática y sin fuerzas para seguir luchando.

Pensaba en el esfuerzo que le había costado terminar la carrera y  el sacrificio realizado para verse ahora mendigando un trabajo de cualquier cosa, donde no se tendría en cuenta su auténtica valía.

El dinero se iba agotando y con él las ganas de Alba por permanecer a su lado, pues sabía que el único motivo por el que no buscaba empleo en el extranjero era por permanecer a su lado. Se sentía  un lastre en la vida de Jorge, ya que nunca le acompañaría, pues no estaba dispuesta a renunciar a su familia, sus amigos, y todos los pilares que la sustentaban bajo ningún pretexto.

Así que, un buen día, mantuvieron esa temida conversación que hace que uno de los dos acabe saliendo con las maletas por la puerta, sabiendo que no habrá una segunda oportunidad.

Desde ese instante su vida se desmoronó. Su única razón de vivir se marchó, el trabajo no llegaba y una demanda de desahucio le recordaba que todo pendía de un hilo, terminando con las pocas ganas de luchar que le quedaban.

Al principio se aferraba a su idea de seguir buscando trabajo, pero comenzó a desistir tras recorrer una y otra vez las mismas calles, visitando los mismos negocios y obteniendo la misma respuesta: «Muchas gracias, le llamaremos si necesitamos a alguien». Eso si al volver a ellos, seguían abiertos y no se los encontraba cerrados por la maldita crisis.

Por la noche no dormía. Solo daba vueltas en la cama viendo la televisión o leyendo algún libro de legislación, hasta que agotado por el cansancio caía rendido.

A esto se había limitado su vida, a ser una sombra abandonada del joven que una vez fue por no haber sido más egoísta y pensar más en sí mismo que en los demás.

Eran las nueve de la mañana y se preparaba para empezar el día. Recogió el correo que se acumulaba en el buzón. Encontró un aviso de corte de suministro de la compañía eléctrica que Jorge no recogió haciendo como si no lo hubiese visto, y un certificado urgente sellado de varias semanas atrás bajo decenas de folletos. Temía recogerlo pues sabía que tras ocho meses sin poder pagar la hipoteca, solo era cuestión de tiempo que un juzgado lo desahuciase.

Empezó a recorrer de nuevo la ciudad en busca de trabajo con su mochila a la espalda, en la que guardaba una botella de agua y un bocadillo como único sustento para todo el día. Llevaba unas gafas de sol oscuras que camuflaban su mirada de frustración.

Al llegar a casa al medio día, sobre la puerta pendía una notificación de desahucio. Intentó abrir sin éxito, pues habían cambiado la cerradura. Sintió, impotencia, pero comprendió perfectamente lo que estaba sucediendo.

En ese momento se acordó de todos los que habían dejado a este país en la miseria, haciendo que miles de personas perdieran su trabajo, su hogar, y algunos incluso la vida por la voracidad  de los bancos a los que ahora, había que salvar a toda costa sin importarle a los políticos el alto precio y sacrificio que implicaba ese rescate.

Pero aun así, no montó ningún número, ya que habría sido impropio de una persona como él que jamás perdía la compostura. Con su mochila, sus gafas, y con sus únicos veinticinco euros en el bolsillo, se dio la vuelta sin mirar atrás, tragándose las lágrimas, con la cabeza muy alta, obligado a dejar tras de sí lo poco que aún le quedaba.

La noche se hizo eterna. Solo consiguió encontrar refugio en una casa medio derruida cerca de la playa, donde antaño los pescadores de la zona guardaban los aparejos de pesca, tardando una vez más en conciliar el sueño.

De nuevo el sol le hizo recordar que seguía allí, como cada mañana, pero en esta ocasión no se presentó poco a poco. Lo hizo de golpe, asestando una bofetada de lleno en la cara de Jorge. Parecía querer decir que daba igual donde se escondiera, pues siempre lo encontraría  para dejarle muy claro  que, una vez más, saldría victorioso y que jamás conseguiría librarse de él.

Salió de su nuevo hogar y por primera vez extrañó no escuchar a sus vecinos desayunando en la terraza. Miró a su alrededor y vio su dura realidad… Desahuciado, sin dinero, y sin nadie en la vida, pero un pensamiento irónico inundó su cabeza…

—¡Al menos conseguiste lo que Alba tanto deseaba, un chalet con vistas a la playa! —exclamó, riéndose por un momento de su mala suerte.

Los días siguientes pasaron con la misma rutina. Se levantaba temprano y paseaba por la playa, entonces se desnudaba metiéndose  en el agua. No había bañistas a esa hora y parecía que ese baño le hacía sentirse vivo, pues  encontraba la paz y la felicidad que tanto deseaba. Al salir, se tumbaba bajo el sol hasta que los primeros turistas aparecían, momento en el que se vestía discretamente y se marchaba, permaneciendo el resto del día en su humilde casa.

Algunas latas de conservas, agua y pan, debilitaron su bolsillo. Le quedaban poco más de ocho euros, los cuales tendría que administrar, al menos, otra semana antes de ponerse a pensar qué iba a hacer, si bien en aquel momento no se sentía capaz de tomar ninguna decisión.

Creía que su baño matutino pasaba totalmente desapercibido pero pocos días después, la playa recibió una extraña visita. En la arena, sentada sobre un pañuelo de seda, había una hermosa y elegante mujer. Rondaba los cuarenta y cinco años de edad, rubia, de pelo recogido, y curvas sinuosas. Vestía un pantalón beige, una blusa y zapatos blancos a juego con la  pañoleta que le servía de asiento. Su presencia allí no era fruto de la casualidad, pues se sentó al lado de las ropas de Jorge, que estaba tan despreocupado, que no percibió la presencia de su admiradora y salió del agua con naturalidad. De este modo, ella pudo ver de cerca lo que había ido a buscar. Un hombre irresistiblemente atractivo y varonil de piel morena y un cuerpo perfecto, empapado de agua y  sal, y unos intensos ojos verdes que se perdían bajo su cabello y se confundían con el color turquesa del océano mientras las olas partían con fuerza sobre su cuerpo desnudo. Parecía que querían expulsarle de allí, como si tuviesen envidia de que un ser tan de hermoso estuviera eclipsando la belleza del mar al que protegían.

Casi en la orilla Jorge se percató de la extraña, volviendo al mar avergonzado de su desnudez, albergando la esperanza de que se fuera. Pero ella, lejos de hacerlo, sacó de un bolso de Yves Sant Lauren una toalla, agitándola para llamar su atención, demostrándole que estaba allí por él y que no tenía intención de marcharse. Al ver que Jorge se resistía a salir del agua, ella le gritó:

—¡Vamos chico! ¿O te vas a quedar todo el día dentro…? ¡Te advierto que no pienso irme hasta que hable contigo!

Parecía que realmente no se iba a marchar, por lo que salió a toda prisa del agua tapándose los genitales con sus manos, provocando la sonrisa de la desconocida que le dijo:

—Tranquilo hombre, no tienes nada que no haya visto ya. Quizás algo más grande de lo que estoy acostumbrada —dijo aseverando en tono burlón dándole la toalla, con la que se tapó rápidamente.

Este comentario hizo que se sonrojara aún más, dándose ella cuenta.

—Hola, soy Marga.

—Encantado, me llamo Jorge. Esta situación es un poco extraña… ¿Qué deseas de mí? —le preguntó, intentando  mantener la compostura ante tan  insólita  situación.

—Digamos que soy… una especie de gemóloga. Me dedico a buscar diamantes en bruto, los pulo haciéndolos más bellos, y complazco los deseos de las mujeres que pueden pagar por ellos.

—¡Ya! —Contestó riéndose—. Creo que pocos diamantes vas a encontrar en esta playa. Quizás si buscas mucho, podrás encontrar una caracola, pero dudo que encuentres algo más.

—¿Sí? ¿Tú crees? He venido a por ti. Tú eres mi diamante.

Su respuesta desconcertó a Jorge que lo interpretó como una burla de mal gusto.

—¡Venga, está bien! ¿Dónde está la cámara? Te advierto que no estoy pasando un buen momento y no tengo ganas de bromas.

—Lo sé. Como también que vives en esa caseta, la cual solo abandonas para pasear por la playa y bañarte. También deduzco que comes poco y mal, francamente no entiendo cómo puedes tener semejante cuerpo comiendo comida enlatada. Y para terminar, he descubierto que eres abogado.

—¿Me has estado espiando? ¿Qué te interesa de un vagabundo?

—Bueno espiar es un término muy feo y yo no soy policía, prefiero llamarlo recabar información sobre mis futuras inversiones, para saber si me serán rentables o no, y por casualidad entré en eso que llamas  casa  y leí uno de tus currículum.

—No está bien que vulneres la intimidad de las personas sin su permiso.

—Chico hay muchas cosas que no son  correctas y se hacen… Tú eres la prueba de ello.

—¡Explícate! —Casi le ordenó.

—Te pondré un ejemplo. ¿Si fueras a un museo y las obras más hermosas estuvieran tapadas con sábanas, cómo te sentirías?

—Supongo que no me gustaría pagar por perderme las mejores pinturas, teniéndolas tan cerca y tener que conformarme con ver las mediocres.

—¡Exacto! Tú eres una obra de arte. Eres hermoso, una mezcla entre inocencia y sensualidad, y es una pena que no seas admirado como te mereces. ¿Sabes cuántas mujeres pagarían por estar contigo?

—Para, para… ¿Me estás proponiendo que me acueste con mujeres por dinero?

—No cielo. Para eso recomiendo un consolador, es más barato, más limpio, no hay que aguantarlo después, mientras tenga pilas no te fallará, y cuando terminas vuelves a guárdalo sin darle explicaciones. Te estoy proponiendo que cumplas las fantasías de las mujeres más pudientes del país, con una gran recompensa económica a cambio.

—¿Quieres  en serio que piense que una mujer de esas que veo por la tele al lado de banqueros, políticos y empresarios pagarían por mis servicios sexuales?

—No Jorge. Serán las banqueras, políticas y empresarias las que paguen por tener la suerte de tu compañía.

—Mira, creo que esta conversación está llegando a su fin. Te agradezco este rato de compañía, realmente había olvidado cuándo hablé más de cinco minutos seguidos con alguien, y es agradable escuchar una voz diferente a la mía, pero creo que no podría hacer algo así.

—¿Por qué dices eso?

—Mírame  bien. No sé lo que ves en mí,  pues no soy más que un amargado sin nada que ofrecer, que duda que alguien pudiera estar a gusto a mi lado, cuando soy incapaz de estar bien conmigo mismo y llegas tú proponiendo meterme a… ¿puto?

—¡No! ¡Puto no! Ese es un término que se queda muy lejos de lo que te propongo. Serás un hombre privilegiado, conocerás mujeres poderosas, inteligentes y atractivas con las que otros únicamente pueden soñar y, sin embargo, tú cobrarás por estar con ellas. Se te abrirán puertas que, si eres inteligente y sabes cómo traspasarlas, te harán codearte con las clases más altas y pudientes  del país, e incluso de Europa. Solo depende de ti, pero no lo consideres simplemente como un servicio sexual, pues no es solo eso lo que comprende este trabajo.

—Me parece descabellado que una mujer que puede tener a cualquiera pague por ello, no lo veo lógico.

—Ya, pero no ves ilógico, sin embargo, que un hombre contrate los servicios sexuales de una prostituta de alto standing si puede pagarlos —ahí  lo dejó sin palabras, sin saber qué responderle.

»En la esfera en la que yo me muevo el dinero no tiene valor. Todo se compra y todo se vende, es una pura transacción económica. Cualquier capricho es posible si se puede pagar y los deseos se hacen realidad por complejos o difíciles que sean pues no hay una percepción de la moralidad, como la que puede tener una persona normal. El sexo y el amor no van de la mano, y la fidelidad solo es un concepto para mostrarse felices y unidos de cara a los eventos sociales. En mi mundo no hay sexo débil. Hombres y mujeres cumplen sus fantasías. Para ellos es como ir de compras o almorzar con los amigos, simplemente pueden costeárselo, y al igual que no te los encontrarás comprando en una tienda de barrio, tampoco los verás buscando relaciones sexuales en los anuncios clasificados de Internet. En mi mundo todos quieren lo mejor con discreción, por eso me llaman, porque solo les ofrezco lo mejor.

—Bueno ya he escuchado más de lo que puedo asimilar, gracias por el ofrecimiento pero esto me desborda. Ha sido un placer conocerte, pero ahora debo irme.

Jorge se levantó recogiendo sus ropas con la toalla anudada en la cintura. Ella sin embargo permanecía sentada  viendo cómo se alejaba, admirando su espalda perfecta y sus grandes hombros, sobre los que caía su negra melena que se fundía  con unos fornidos brazos.

Por un momento pensó cómo sería dar rienda suelta a su pasión allí mismo, sobre la arena, abrazada por esos brazos, sintiendo como sus manos recorrían su cuerpo, sin poder evitar que el deseo la invadiese e inconscientemente se mordió los labios. Imaginaba a ese hombre de físico perfecto, mitad niñez, mitad madurez, haciéndole el amor. Aunque lo que realmente deseaba  era ser poseída salvajemente por él, al que ahora contemplaba mientras se marchaba, dueño de ese miembro, que aunque le dijo que no le impresionaba en exceso, no podía quitárselo de la cabeza.

—¡Para, Marga, para! Nunca mezcles el placer con los negocios —musitó volviendo a la realidad bruscamente, apartando cualquier pensamiento impúdico de su mente.

—¡Espera! Vivo en esos apartamentos blancos que ves a tu derecha, en el ático. Si cambias de opinión, búscame. ¡Ah! Y quédate con la toalla, te la regalo.

Jorge se giró, la miró y dándole las gracias se despidió, alejándose hacia su casa.

—Ya eres mío. Aún no lo sabes, pero has pasado a ser de mi propiedad. —Se dijo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-2-

 

Esa noche Jorge no pudo dormir. Su cabeza no paraba de pensar en las palabras de Marga. Por un lado veía lo que tenía; cuatro paredes sin techo que afortunadamente lo cobijaban de la intemperie, pues a mediados de mayo,  en Málaga, empieza a hacer una temperatura muy agradable.

Pero dormía en el suelo, si bien ahora lo hacía sobre la toalla que su generosa amiga le había regalado.

Como a todo hombre le gustaba el sexo, pero no concebía hacerlo por dinero con una desconocida a la que poco le importaría cómo era él en realidad, ni se molestaría en llegar a conocerlo.

—¡No puedo hacerlo!  —Se repetía—. Es sucio, inmoral, no soy un objeto que se puede comprar. ¡No Jorge!, no vuelvas a pensar en ello. No te educaron así. ¡Más vale pobre con principios, que rico sin escrúpulos!

El sueño hizo acto  de presencia, cerró los ojos acurrucándose en la toalla que ahora le protegía del suelo y se durmió.

Un amanecer más… Otra visita de su amigo el astro rey.

—¡Dios, cómo te odio, sol! ¿Por qué no puede ser siempre de noche? ¿No tienes nada mejor que hacer que venir a recordarme que hoy mi día será exactamente igual que ayer?

Esa mañana no acudió a su cita obligada con el mar.  Poco a poco, la playa fue colmándose de gente y Jorge  despertó de sus pensamientos, de sus recuerdos, de su mundo… El único lugar donde hallaba la tranquilidad y el consuelo que tanto anhelaba. Ese sitio en el que cada vez pasaba más tiempo apartado de la realidad, como si el resto del universo no existiera, no encontrando nada en el exterior por lo que mereciera la pena salir de sí mismo.

Se había  levantado con la firme intención de tomar las riendas de su vida.

—¡Ya está bien de vivir así! Voy a recuperar a Alba y luchar por un futuro —se decía en su cabeza.

Empezó a caminar por la playa rumbo hacia la ciudad. Se había convencido que era hora de marcar sus preferencias, y estaba firmemente decidido a hablar con Alba y abrirle su corazón, sacando el coraje que no mostró cuando se fue, para decirle que sin ella nada tenía razón de ser.

Mientras se dirigía a la ciudad, recordaba cómo la conoció…

Estaba sentado en un banco poniendo en orden sus apuntes, cuando un perro empezó a ladrar delante de él, apoyando sus patas en el asiento y  estropeando sus preciadas notas, las cuales empezó a olisquear llenándolas de babas sin mostrar el mínimo respeto por ellas. Mientras, él no podía dar crédito a lo que estaba sucediendo, ni tampoco podía hacer nada por evitarlo, atemorizado y al mismo tiempo agradeciendo que el imponente rottweiler no cambiara sus papeles por sus piernas.

Muy quieto, sin moverse ni emitir sonido alguno que pudiera molestar a su nuevo amigo, escuchó una voz que llamaba al animal:

—¡Bruno no!

Esperó a que la dueña de esa voz hiciera acto de presencia para explicarle cuatro cosas sobre su perro, y entonces apareció ella, y todo lo que tenía pensado decirle, se le olvidó.

Ante Jorge apareció una preciosa joven de unos veinticinco años que se apresuraba a sujetar su mascota con una cara angelical, que ahora denotaba preocupación y vergüenza.

Su pelo negro lo recogía en una cola que le llegaba por la mitad de la espalda, de la cual se soltaban algunos mechones sobre su cara. Vestía unos ajustados leggins que envolvían unas piernas largas, firmes y bien moldeadas, junto a una sudadera y zapatillas de deporte. Jamás alguien tan sencillamente vestida le pareció tan sutil y elegante. Sus ojos azules se cruzaron con los suyos y le dijo…

—¡Perdóname, cuánto lo siento! ¡Mira lo que has hecho Bruno! ¡Mal, Bruno, mal! Espero que no sean muy importantes esos papeles.

—No tranquila, tengo copia de todo en casa, solo estaba ordenándolos y tan poco son muy importantes —. Dijo, lamentándose no tener dinero para comprarse una tablet donde haber podido guardar sus apuntes y que el futuro de su beca dependiese de la nota de ese examen, el más importante del trimestre.

—¿De veras es así? Me quedo mucho más tranquila.

—Sí, de verdad,  no te preocupes. Me llamo Jorge.

—Hola Jorge, soy Alba —respondió —. Permíteme que por lo menos te invite a un café para compensarte un poco este desastre.

—Creo que voy a aceptar encantado, pero será una tila y con la condición de que mantengas a Bruno lejos de mí. Me parece que no le caigo muy bien.

Una carcajada asomó de la boca de Alba, que le empezó a contar, ya sentados en la terraza del pequeño bar con vistas al rompeolas del puerto deportivo de Fuengirola, que trabajaba muy cerca de allí, en una tienda de ventas de regalos y recuerdos para turistas. Mientras, él la escuchaba abstraído por la belleza y  naturalidad de esa chica, sin darse cuenta que ella sentía la misma atracción que él.

Por un momento el resto del mundo dejo de existir para los dos. Parecía que nada ni nadie pudiesen apagar la chispa que estaba empezando a prender entre ellos.

Los minutos se convirtieron en horas… Y los dos jóvenes seguían hablado de cosas propias de su edad, de sus planes para el fin de semana, sus proyectos de futuro, sus aspiraciones… Ella miró su reloj, dándose cuenta que el tiempo corría deprisa, no quería marcharse, pero tenía que entrar a trabajar.

—¡Uf…! ¡Qué tarde se me ha hecho! Tengo que irme ya o llegaré tarde.

—Vaya, es una lástima —le  respondió.

—Sí, sinceramente me encantaría seguir hablando contigo.

—¿Te apetecería quedar algún día a tomar algo, pero sin tu peludo amigo?

—Claro, ¿por qué no? Me has caído muy bien, y tranquilo… Bruno no es mío, solo se lo cuido unos días a una amiga que está de viaje, pero respóndeme… ¿Qué había en esos papeles?

—Mi futuro…

Las pequeñas casas fueron quedando atrás dando paso al castillo Sohail, una impresionante construcción asentada sobre una colina con el río Fuengirola a su margen izquierdo.

Imaginaba ese idílico lugar de verdes laderas junto al mar  cuando púnicos y romanos llegaron a él, y cómo hubiese sido su vida junto a Alba mil años antes, sin ninguna preocupación, sin dinero, solamente dedicándose a ser felices el resto de sus vidas.

Pero también recordó que esa fortaleza, casi inexpugnable, había sido destruida en múltiples ocasiones, lo cual  hizo que la alcazaba se convirtiera en todo un símbolo de coraje y unión para su gente, que demostraron que el empeño y las ganas de preservar las señas de  identidad del  pueblo eran más fuertes que todas las bombas que pudieran lanzarles, y que, aún sin medios, lo reconstruirían una y otra vez.

—¡Si ellos pudieron yo también podré reconstruirme y empezar de nuevo junto a Alba! —Afirmó.

»¡Ay, viejo castillo! Napoleón debió hundirse con sus barcos antes de bombardearte —pensó a la vez que sus renovadas fuerzas iban impulsando a sus pies, mientras atravesaba el puente de diseño moderno que unía el alcázar con el paseo marítimo que cada vez se iba tornando más cosmopolita.

Los enormes edificios que lo comprendían se fundían unos con otros, todos unidos, como si solo existiera uno y se reflejara en un espejo una y otra vez sobre los siete kilómetros que lo comprendía hasta su final en la Playa de Carvajal.

Aquella villa se había convertido en una ciudad multiétnica. Tan solo había que observar los negocios de múltiples nacionalidades que se apilaban, casi puerta con puerta, que se anunciaban en todos los idiomas, pudiendo comer desde comida turca, mejicana, asiática, hasta tomar  una pinta en un típico pub inglés. Eso sin olvidar los chiringuitos de playa al otro lado de la acera, donde sus cocineros se esmeraban en  preparar sobre una barca llena de arena, los deliciosos espetos de sardinas y todo tipo de pescados y mariscos sobre una brasa de carbón, inundando la calle de un inconfundible e intenso aroma.

Miraba a su alrededor y observaba a las personas en sus labores diarias: turistas que bajaban de los autobuses para iniciar sus vacaciones, otros que subían acabándolas, los que simplemente paseaban disfrutando de las primeras horas del sol en la playa. Imaginaba cómo serían sus vidas… En qué pensarían, qué preocupaciones tendrían, y por primera vez, fue capaz de conectar con algo más que no fuera su mundo.

Llegó al edificio que iba buscando. La puerta estaba abierta y subió a toda prisa las escaleras hasta la cuarta planta. Se sentía pletórico, feliz… no albergaba ninguna duda de conseguir su objetivo. Tocó el timbre del 4ºA en repetidas ocasiones.

—Tiene que estar aquí —se dijo, y entonces escuchó la voz de Alba.

—¿Puedes abrir por favor? —Tras lo cual la puerta se entornó apareciendo la figura de un antiguo compañero de la facultad, José Rey que solamente vestía con un albornoz mojado, que se apresuraba a anudar.

—¡Jorge, qué sorpresa…! ¡Tienes mal aspecto chico, deberías  cuidarte!

—¿Quién es, cariño? —Dijo Alba mientras se dirigía a recibir esa inesperada visita solo con una toalla cubriendo su cuerpo y con otra secándose el pelo.

Cuando levantó la cabeza su cara se descompuso, pues no esperaba encontrarse con su exnovio  allí, y mucho menos en esa  situación tan incómoda.

Jorge no podía gesticular palabra. Sus músculos se tensaron, la decepción y la rabia le invadieron. Por un instante pensó en golpear a José, un pijo de buena familia, hijo de padres abogados, los cuales se aseguraron de que tras terminar sus estudios, entrara en el negocio familiar sin tener que demostrar su valía ante nadie. Una persona que  desconocía el significado de las palabras «esfuerzo y sacrificio».

Sin embargo, no permitió que ninguna expresión saliera de su rostro, y tragándose las lágrimas se  dirigió a Alba diciéndole:

—Perdona que te moleste. Venía para avisarte que si quieres recoger tus cosas tienes que pasarte por el juzgado número tres, y ellos te permitirán entrar para cogerlas.

—Gracias Jorge —. Respondió Alba sin poder mirarlo a los ojos y sin que en ningún momento él dejara de mirarla a ella. Una mirada fría, impasible, inerte, que casi no era capaz de ocultar el dolor que en ese momento inundaba  su corazón.

Tras el tenso silencio  habló José:

—Bueno  es un placer tu visita, pero nosotros estábamos haciendo algo que tenemos que terminar. No te lo tomes a mal, ya sabes cómo es la vida… unos pierden para que otros ganen…

Mientras, Alba se giró dirigiéndose hacia el interior de su apartamento aprovechando José para cogerle con malicia el culo, haciéndole entender que esa mujer le pertenecía, disfrutando morbosamente con ello.

—Lo siento, se tiene o no se tiene… —Le susurró con ironía, sacando de su cartera un billete de diez euros que metió en el bolsillo del pantalón de Jorge—. Come algo y dúchate chaval —le dijo mientras le cerraba de un portazo la puerta en sus mismas narices.

Tardó en reaccionar. No podía moverse, no podía emitir palabra alguna. Sus músculos continuaban paralizados y sus ojos enrojecieron por las lágrimas que evitaba a toda costa que brotasen de ellos. Notaba como se agitaba. Su corazón comenzó a latir bruscamente como queriendo abandonar el pecho que lo cobijaba y, súbitamente, volvió  en sí.

Bajó a toda prisa las escaleras  resbalando en varias ocasiones, y llegó a la calle que poco antes había recorrido con tanta ilusión.

El corazón le seguía latiendo desbocado, solo quería huir de ese lugar. Empezó a correr sin parar, fuera de control, dejando atrás la ciudad  hasta que de nuevo llegó al castillo al que, en esta ocasión, no se paró a contemplar y siguió corriendo hasta que la urbe quedo bien lejos.

Maldecía a Alba por haber renunciado a todo por ella. A su futuro, sus aspiraciones, sus sueños. Maldijo el momento en que la conoció, y lamentó no haberse ido de España, como muchos  otros jóvenes con talento, cuando tuvo la oportunidad  de hacerlo.

Se preguntaba cómo había podido acabar con un tipo como ese, cuando representaba todo lo que tanto detestaba. Un ser pretencioso, arrogante, sin talento, carente del mínimo respeto por las personas, sobre todo por las mujeres, a las que usaba a su antojo sin importarle sus sentimientos. Alguien que simplemente, había tenido la suerte de nacer en el seno de una familia acaudalada.

—Quizás se hartó de estar con un Don Nadie y quería cosas que yo no le podía ofrecer. Tal vez siempre fue así y jugó conmigo desde el principio, esperando algo que nunca llegó —pensó, atormentándose.

Muchas preguntas acudieron a su cabeza que no pudo responder siendo la única conclusión que obtuvo en claro que tenía que olvidarla para siempre.

Derrotado por el cansancio de su larga huida, cayó al suelo de rodillas y sus lágrimas se fundieron con un grito de amargo dolor. Lloró como un niño, moldeándose con la arena, en un solo ser, deseando enterrarse en  ella y ser parte de esa playa para siempre, dejando que el mundo se olvidara de él para poder regresar al suyo, donde solo encontraba el descanso que tanto deseaba.

Volvió a pasar la noche junto al mar aunque, por alguna extraña razón, aquella noche logró dormir sin dificultad.

Con el firme propósito de no volver a caer derrotado esperó sentado la salida de su «amigo» el sol, al que miró fijamente desafiándolo, sin que esta vez le molestasen los cegadores rayos que iban despuntado y que parecían un ataque imprevisto para que de nuevo se apartara de su camino y aceptara una vez más su derrota. Pero esta vez fue Jorge el ganador.

—¡Nunca más podrás vencerme! —le gritó sintiendo un inmenso placer al ver la derrota de su poderoso enemigo.

Se marchó dispuesto a enterrar en esa playa al antiguo Jorge para siempre. Cuando salió de la arena, volvió su mirada,  contemplando al mar por última vez, y le  dijo:

—¡Aquí te quedas, Jorge! ¡Hasta nunca!

 

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4 pensamientos en “Prólogo cap 1 y 2”

  1. Enhorabuena ,,,desde la primera palabra del prólogo ,que es una gran verdad ,una realidad muy dura ,aunque invisible a muchas personas ,que nunca han estado esperando en la cola de una asociación benéfica para poner un plato de comida ,hasta la persona que elije ganar dinero de una u otra manera todo es respetable ,nadie debe juzgar a nadie .

    1. Gracias Marcela. Las verdades mas duras son las mas difíciles de asimilar. Todos deberíamos de sensibilizarnos mas con la situación actual y entender que las cosas podrían ser tan fáciles como nosotros queramos que sean.

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